Sólo amanece si estás despierto

Selección de críticas

 

Con Oscar López en el programa de televisión Página Dos

J. A. Masoliver en La Vanguardia

Entrevista en El Cultural

Entrevista con Luisa Cabello en Nueva Tribuna

Reseña en la revista italiana de narrativa española contemporánea Cuéntame

En el blog El Universo de los libros 

Texto del autor para la presentación en la Feria del Libro de Sevilla 2015

Cuando me hacen la pregunta de por qué o en base a qué he escrito esta novela, suelo responder aludiendo a la situación o los personajes. Con ello no falto a la verdad, pero la reduzco al resumirla a la contingencia, dejando fuera algo menos aparente y para mí más importante, menos perecedero: la visión del mundo desde la que parte la narración y cuya plasmación es, a su vez, su fin último.

El origen de esta novela no es tanto un cuestionamiento sociológico acerca de la crisis, la mediana edad o la corrupción, como una inquietud que cabe calificar de filosófica, en el deseo de preguntarse acerca del sentido o sinsentido de la vida, de cómo se halla la felicidad a la que aspiramos, si es posible la esperanza de un comienzo o hay que resignarse a una vida de tranquila desesperación, en la que todo será como siempre, y en qué consiste entonces y para qué nos sirve la libertad.

Estas inquietudes son íntimas y valen para casi cualquier momento o lugar, pero están enmarcadas en el tiempo del que surgen y adquieren el carácter concreto de las circunstancias, tanto entre la infinidad de personas obligadas a reinventarse ante cambios en todos los órdenes de la vida, como en la situación política del país que en definitiva debate cómo salir del punto muerto y comenzar de nuevo.

Podría haber respondido a estas preguntas con un ensayo pero la misma índole de esa inquietud me invitaba a la narración, pues la vida se presta mucho más a ser relatada que a ser definida, a ser contada que a ser explicada. No pretendía, pues, como respuesta un argumento, sino una peripecia. No necesitaba siquiera un argumento en el sentido de trama, pues la acción debía consistir en una transformación más interna que externa, más íntima que pública, experimentada a través de unos personajes para los que esas preguntas no fueran abstracciones sino la sustancia misma de su estar en el mundo.

Las condiciones y el carácter del relato resultaban, pues, esenciales. Para poner en escena unos personajes que se preguntan si es posible comenzar de nuevo, no podía escribir una historia retrospectiva, como Blues de Trafalgar, donde alguien da cuenta de algo que ya ha ocurrido, que ha concluido. También cabía descartar la primera persona, la perspectiva debía ser más plural y mostrar a ambos personajes desde la mirada propia y desde la ajena, considerados por ellos mismos y también por otros.

Si iba a partir de lo determinado: la órbita fatal de cada uno, hacia lo indeterminado, y que yo mismo desconocía, confiando a mis personajes a lo impredecible, tenía que proceder del mismo modo y salir a merodear cada mañana escribiendo a lo que saliere. Sin temor a que hubiera un día que no me trajera algo nuevo.

Desde la secuencia inicial, una vez esbozados los protagonistas, todo en el año y medio que tardé en escribirla (y para los curiosos, la informática precisa el tiempo transcurrido ante ese archivo abierto en el ordenador: 182 días a jornadas laborales de ocho horas, un trabajo de esclavo si no fuera porque ésta es una inversión a largo plazo) todo, decía, me fue viniendo a las mientes y a las manos obedeciendo a la misma ley de espontaneidad frente a lo inesperado que deseaba a mis personajes.

Al narrar un nuevo comienzo esta novela de lo que trata es de la libertad. De una libertad elemental, apenas considerada o advertida bajo otras dos nociones más comunes que se retroalimentan una a la otra. El libre albedrío, que se ejerce entre opciones ya dadas, como el del consumidor o el elector, y frente al conformismo de esa libertad de elección, el inconformismo de la libertad como transgresión. Felipe, por más convencional, supone la primera. Su drama es que se ha visto privado del libre albedrío de hacer lo que se le antoje, ir bien a esquiar, bien a la playa, consumir esto o aquello. Arruinado, carece de elección, está en la cárcel de un presente sin opciones. Ella, como el malogrado Julio al que dirige sus cartas, solo ha experimentado la libertad como desobediencia de toda prohibición, pues ésta para ser ilimitada debe transgredir cualquier frontera, incluso las de la propia naturaleza, sea la inclinación sexual o la conciencia alterada por las drogas, porque para lo ilimitado nada es suficiente. Para al final detenerse al borde de esa última frontera de la transgresión que es el suicidio, y quedarse varada en la azotea destrozando su cárcel de papel.

La libertad que ambos ignoran y que sin embargo se enseñan uno al otro es más básica, la que todos conocemos de cuando nos fuimos de casa por primera vez. Abandonando el ámbito donde estaban satisfechas las necesidades vitales porque asumíamos el riesgo de valernos por nosotros mismos. Del mismo modo que hay que abandonar el ámbito donde están satisfechas las certidumbres morales para iniciar un recorrido original en el pensamiento. O dejar esa fastidiosa pertenencia a una cultura heredada, para tener el atrevimiento de convertirnos en personas cultas, es decir, singulares, distinguidas por distintas, versátiles ante la pluralidad del mundo. La libertad consiste en poder comenzar, su sustancia es la acción, la actuación que hace posible que surja lo que no estaba previsto. Esa es la fuente de la que manan las innovaciones técnicas, intelectuales, comerciales o artísticas, milagros disruptivos sin precedente anterior, que alumbran todo un cúmulo de inéditas posibilidades. Una  libertad de hacer, no de elegir o de opinar, generadora, porque opera en cualquier ámbito y puede animar a cualquier persona porque supone la espontaneidad de la vida, eso que quieren matar todas las burocracias totalitarias porque saben que es su peor enemigo.

La libertad de comenzar de nuevo, incluso, y precisamente, desde el punto más muerto y estéril, desde las vidas aparentemente clausuradas de dos cualesquiera. Esto es lo que aprenden Felipe y Amparo y lo hacen desde la intimidad de la piel, algo en absoluto casual,  pues si los renueva su breve amorío, poco romántico porque no está basado en la fascinación sino en la vulnerabilidad, es porque con él recuperan la espontaneidad frente a lo inesperado y con ella el placer por la libertad de acción, desde la que ambos se lanzan a su desigual aventura. Él, al inicio de una vida distinta que, por más sencilla, quizás sea mejor que la anterior; ella, a sentirse nueva frente a lo nuevo, a tocar sevillanas al piano en un café francés del Canadá, a escribir por ella misma como reacción inmediata frente a la realidad y no frente a los libros traduciendo a otro.

Se dice que ésta es una novela optimista, yo mismo lo he dicho el primero. Esto en el fondo lo que quiere decir es que no es una novela patética, no usa el sufrimiento para impresionar la imaginación. Estos personajes ni se ofrecen compasión ni la suscitan. No apelan al sentimiento sino a la sensibilidad. Su propósito es inspirar más que conmover.

Yo he querido también con Sólo amanece si estás despierto alumbrar algo nuevo, particular, imprevisible, que aunque pueda parecerse a sus antecesoras o a sus congéneres tenga algo distinto que la haga diferenciarse nítidamente entre las demás. Pero ése es sólo el brillo de la luciérnaga de la que sólo una fecunda entre cien, aunque todas brillan. Mi propósito, que es el de la literatura, va más allá de las palabras y no concierne al ser ni al estar sino al hacer, y esto quiere decir que el verbo, por arte de la palabra, actúe y se transforme en acción al dejar huella en los lectores y favorecer en ellos quién sabe qué respuesta, qué nueva obra, qué libre comienzo, que inspiración. Como a mí me ha sucedido con los libros, los amigos, los sucesos, que me han permitido escribirla.

No sé quien dijo que las buenas novelas se leen con tanta avidez en la primera ocasión que es como si tomaras una cerveza a grandes tragos, y sólo en la segunda lectura, despojadas de lo incidental, pueden paladearse como un vino. A riesgo de ser petulante os recomiendo lo mismo que Amparo a Felipe a propósito de Walden, si te ha resultado corta, léela otra vez.

EDICIÓN ELECTRÓNICA: AQUÍ

Anuncios

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: