Maravilloso imposible

Una muestra de los impresionantes collages surreales del artista turco Huseyin Sahin,  en los que se confunden naturaleza, humanidad y tecnología. El elemento de sorpresa es inherente, aunque no baste solo, a la experiencia artística, y aquí está potenciado hasta la exaltación.

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Muerte y vida

Como hay que vivir y dejar vivir también hay que morir y dejar morir.

Las generaciones se suceden y hay que aceptar ese tránsito conscientes de que la muerte es sólo el mecanismo con que la vida se renueva. Tras una vida fértil en hechos, en hijos y nietos y bisnietos, bien puede morirse uno de viejo, satisfecho y tranquilo.

Apuleyo y la viuda

Lucio Apuleyo es universalmente famoso por su obra El asno de oro, en la que nos habla un hombre al que una pócima mágica ha convertido en burro. Él mismo era un personaje tan fantástico como su argumento y supo mudar de estado y condición. Como muestra un alegato jurídico de su pluma, mucho menos conocido, La Apología de Apuleyo, con el que se defiende ante un tribunal. Lo denunciaron los hijos de una viuda, Pudentila, con la que había contraído matrimonio. El juicio se celebró en la actual Trípoli, en presencia del Procónsul de África. Lo acusaban de haberle sorbido el seso a la matrona y los cargos que presentaban contra él es que era  joven, pobre, guapo y brujo. En cuanto al primero, ella pasaba de los sesenta y él no había cumplido los treinta. ¿Hace falta decir más? En lo segundo más de lo mismo, él era un filósofo y mago itinerante sin más riqueza que su palabra y su presencia; Pudentila, sin embargo, era muy rica por la herencia de su primer marido que tenía en usufructo. Lo de guapo debía ser indiscutible y también una mano ganadora en el contexto de la estafa. Lo de brujo era lo más grave, se había apoderado de la voluntad de la viuda con malas artes mágicas que incluían bebedizos amorosos extraídos de la bilis de ciertos peces, poderosos amuletos ocultos en la alcoba y unos misteriosos polvos con los que le había blanqueado los dientes. La prueba es que la propia Pudentila había escrito a uno de sus hijos que Apuleyo la había embrujado.

De todos estos cargos se defiende uno por uno, con una mezcla de lógica y de humor, presentándose como un seguidor de Aristoteles que si destripa peces es para ver como están hechos. Si guarda amuletos es porque ha asistido a los ritos mistéricos y los conserva por inocente devoción. Los polvos son un remedio dentrífico de su invención (un antecedente del Colgate). En cuanto a lo principal, tras una viudez de veinte años en la que no quiso casarse mientras crecían sus hijos, la salud de Pudentila estaba quebrantada por la antinatural castidad, y él, mediante el sexo, le ha devuelto la salud junto con las ganas de vivir. Y si ella ha dicho que estaba embrujada ¿por qué otra cosa podría ser sino por la magia del amor?

Esta Apología es todo un modelo retórico y Apuleyo ganó el juicio. No sin acusar a los hijos de la viuda de envidiosos y hundidos en toda clase de vicios. Entre él y Pudentila les levantaron cuatro millones de sestercios. Tal vez escribiera El asno de oro en la hacienda rodeada de viñedos de su amada.  Después de leer esta Defensa se queda uno con la sensación de que Apuleyo era de seguro inocente y también era, sin duda, culpable.  

Cultura e incultura

La cultura surgió, se “inventó” con la metáfora del cultivo, en oposición a lo que hoy consideramos cultura popular, tradicional o colectiva, como la queramos llamar. Ser culto era singularizarse y escapar de las cadenas de la tradición y la superstición, que tan a menudo son lo mismo, sentir y hacer las cosas de un modo distinto a como se habían sentido y hecho siempre. Adquirir una sensibilidad particular, una individualidad, cultivarse. En ese sentido, decir “nuestra cultura” considerándola algo heredado y común sería para un ilustrado como decir “nuestra incultura”. Porque la cultura sólo puede ser propia, personal, lograda por uno mismo. No algo que se lleva en la “masa de la sangre”.

Más sobre Murasaki o Sarashina Bovary

El grueso de los lectores de Murasaki, como dije en la entrada anterior, eran mujeres también, toda esa pléyade de azafatas, dueñas, ayas y concubinas de todos los rangos, que aparecen en su páginas y que formaban una especie de opinión pública en el ámbito cortesano. Ya entonces algunas de esas lectoras se creían, como el Quijote o, con más precisión, como Madame Bovary, las fantasías de las novelas y se lanzaban a imitarlas.

En el Diario de Sarashina (otro género entonces femenino como la novela), de esa misma época, una dama criada en una provincia remota cuenta como se aficionó a las novelas por oír recitar de memoria a su madrastra y su hermana mayor algunos capítulos del Resplandeciente Genji. A los trece años ruega porque la lleven a la capital, no por ver con sus propios ojos la corte, sino porque allí encontraría más novelas. Uno de los primeros casos documentados de adicción a la ficción. Ya en la corte logra por fin que una pariente le regale los cincuenta libros de Genji, todo un tesoro, que sólo conocía por partes. Leyéndolo dice que no envidiaba a las emperatrices. Se imaginaba que con el tiempo sería una beldad incomparable, como las protagonistas de la historia y tendría, como ellas, una negra cabellera que arrastraría por el suelo. Le habría gustado parecerse a las más trágicas, Yugao, Ukifume. Soñaba con que también a ella la secuestrara algún Genji que la llevaría a una casita en las montañas y no le importaría que fuera a verla una sola vez al año. Afirma que aquellas historias la “enloquecían”. Resultaban además opuestas a las enseñanzas religiosas porque el mundo sensual que mostraban, aunque acabara siempre lleno de lágrimas, alejaba los pensamientos de la devoción.

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La “Teoría de la novela” de la dama Murasaki

Murasaki Shibuku, dama de la corte Heian, en Japón, allá por el siglo X, está considerada con justicia una de las grandes novelistas de la literatura universal, a la altura de Cervantes, Tolstoi o Proust, con quién tan a menudo se la empareja. Pero goza sobre ellos de la ventaja de que su obra, La historia del resplandeciente príncipe Genji, antecede en varios siglos a la novela europea. Que la primera de los novelistas universales (ya conscientes de estar escribiendo un género específico), fuera una mujer, es justicia poética y revela el nexo que hay entre el género novelesco y la alfabetización de las mujeres y su incorporación al mundo o mercado literario como lectoras. Esta condición se daba en el reducido y exquisito mundo de la nobleza Heian: la dama Murasaki escribe para otras damas como ella, que constituyen su público principal. Esta feliz anomalía se veía favorecida por el hecho de que en un Japón donde todavía no había ceremonia del té, ni geishas ni, sobre todo, samurais, el chino era la lengua culta, como el latín por entonces y hasta mucha después en Europa, y sólo las mujeres escribían en japonés, lengua vulgar, vernácula. De esa relación entre “lectoras” y novelas, como de ésta maravillosa de Genji ya diré más en otras ocasiones. En ésta me interesa comentar que Murasaki es tan consciente de estar escribiendo específicamente una novela que, como Cervantes cuando la inauguró como género en Europa, desliza una teoría de la ficción narrativa en su propia obra.

Está en el cap. XXV, titulado Las luciérnagas por un incidente mínimo en la narración. Genji quiere que uno de sus amigos contemple a una de sus damas, pero esos encuentros se celebraban a través de una especie de cortina que no dejaba contemplar de la señora más que la silueta en sombras. Para salvar este inconveniente Genji, que tiene luciérnagas atrapadas en un saquito, las suelta en torno a la dama y a esa luz es como puede contemplarla el caballero. Quizás por lo novelesco, y tal vez imaginario, del asunto, algunas páginas después Genji conversa con esa misma dama acerca de la lectura de historias de ficción, a las que es muy aficionada. Dice Murasaki, por boca del Resplandeciente, que si emociones y aventuras están tejidas y narradas con destreza, resulta perfectamente posible al tiempo saber que todo eso no más que producto de la invención de un autor y sentirse sin embargo conmovido o arrastrado por el interés de la historia. De modo que acaba uno sufriendo por la penas que debe soportar una princesa… que no existe. El dominio del lenguaje de los grandes autores hacen que borremos nuestra incredulidad primera, que la suspendamos como se dice ahora. Señala ademas Murasaki algo no suficientemente advertido, en contraposición con la historia (las Crónicas de Japón, pone como ejemplo), que sólo nos deja ver del cuadro un aspecto general, las novelas están llenas de detalles de cada momento. Llevando aún más allá su reflexión nos dice que el autor no habla de personajes de carne y hueso, reales, con una vida detrás, sino que habiendo conocido multitud de gentes lo reelabora todo y lo pone por escrito a su manera, aunque siempre con atributos que existen en el mundo real, para que otros puedan participar y aprender de ello. Encuentra la razón última de la novela en dar una visión completa de la naturaleza humana, alejada de la mera hagiografía. Por eso más que embustes o que los escritores sean no más que mentirosos excepcionales, las novelas le parecen como las “verdades modificadas” o “parábolas” del budismo. 

 

Recuerdo y felicidad

La felicidad, al contrario que el dolor o la vergüenza, se recuerda de una manera muy vaga. No se lleva bien con la memoria, lo mismo que la niñez. Quizás porque comparten la misma suerte de despreocupación.

El pan de los domingos

Para un cambio constitucional de cualquier ley hacen falta dos tercios del Parlamento, aquí, en Alemania, en Estados Unidos, en todas partes. Sin embargo para cambiar el futuro de un país ¿basta un referéndum de mayoría simple? El científico Richard Dawkins expone aquí este argumento contra el Brexit.

“En los 22 países que conforman el llamado mundo árabe vive tan solo el 5% de la población global. Pero en esos países se produjeron el 68,5% de las muertes que hubo en el mundo por combates armados, y se originaron el 57,5% de los refugiados y el 45% de los ataques terroristas (cifras de 2014)” Inicio del artículo de Moises Naim en el País.

Cinco predicciones de Hans Rosling, el profeta de la demografía. El futuro está en África y en comprender la inmigración.

Las cuevas, ecosistemas en peligro, en The Cult

Book & Bed

Ya se sabe que los japoneses economizan el espacio y que tienen hoteles que no son más que cabinas donde echar la siesta o pasar la noche. No es algo que nos parezca atractivo pero este caso es singular. Un hotel integrado en una biblioteca donde puedes leer, descansar, soñar, despierto o dormido, dentro de una hermosa estantería de madera. A mí eso me anularía por completo la claustrofobia.

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